Un cementerio de cosmonautas

Los restos de los pioneros en el difícil arte de adaptarse a la cultura china

reposan en un cementerio de Pekín

Siempre que pienso lo complejo que es, todavía, abrirse camino en China, hacer contactos o cerrar acuerdos aquí, me acuerdo de ellos. Sus restos reposan en el cementerio cristiano más antiguo de China. Son algo más de 60 tumbas: 49 de occidentales y otras 14 de sacerdotes chinos. Todas ellas datan de los siglos XVI y XVII, cuando aquellos hombres extraordinarios intentaron, durante el tiempo de las dinastías Ming y Qing, lo que muchos otros seguimos intentando, a diario, cuatro siglos después: adaptarnos a los chinos para tratar de comprenderlos.


El cementerio de Zhalan reposa en un lugar de lo más extraño y sereno: en el patio interior de una escuela de Administración Pública para miembros del Partido Comunista chino, más allá del segundo anillo de autopistas de Pekín. Allí, aislado por setos, merodeado por gatos y rodeado de cipreses, pinos y ginkos, yacen apaciblemente las tumbas de los jesuitas que intentaron llevar a cabo una de las primeras misiones de la Compañía de Jesús: adentrarse en la misteriosa China, llegar hasta el Emperador y evangelizarlo. Aquellos hombres, enviados a China con tan ambicioso cometido, nunca regresaron a sus países de origen. Sus cartas tardaban 3 años en recibirse y otros 3 en responderse. Como cosmonautas enviados a otra galaxia, viajaron durante meses (utilizando todo tipo de medios de transporte), hasta llegar a su destino: la “cara oculta de la Tierra”, el desconocido Reino del Centro, la denominada “Catay” según los relatos de Marco Polo y Francisco Javier; uno de los lugares, entonces como ahora, más enigmáticos y desconocidos del mundo. Entre todas las tumbas, de misioneros belgas, franceses, alemanes, italianos y españoles, sobresale una: la del italiano Mateo Ricci (1552 – 1610).


Mateo Ricci es un personaje increíble que merece un capítulo aparte en la Historia: él es el padre de la sinología occidental (el estudio de China, su cultura y su historia), pero fue mucho más que eso. Para empezar, Ricci era un erudito y un experto en álgebra, trigonometría, astronomía y cartografía. Pero lo que más llama la atención de Ricci y sus compañeros (especialmente a aquellos que trabajamos a diario en China o con los chinos) fue su astuta estrategia y su tesón en llevarla a cabo. Pronto comprendió Ricci que cumplir su misión iba a exigir de una gran adaptación, en forma y fondo, de su mensaje. Por eso, lo interesante de la estrategia de Ricci fue el enorme proceso de inculturación que exigió, desde el respeto intelectual, la adaptación a la cultura local, sus usos y costumbres. Durante 15 años, Ricci estudió a fondo el idioma chino hasta dominarlo a la perfección. Una vez aprendió el idioma local (primera barrera que debe salvar, incluso hoy en día, cualquiera que quiera lograr algo aquí), tradujo al chino obras clásicas y los Evangelios, adaptándolos a la lógica chinesca. Además, se mimetizó con los locales, adoptando las barbas y la vestimenta de los letrados confucianos de la época.


Pero no acaban ahí las proezas de Mateo Ricci. El misionero pronto entendió uno de los rasgos clave de los chinos: su pragmatismo. Convencido de que la estrategia de evangelización de aquel colosal Imperio debía fluir de arriba a abajo, convirtiendo primero al Emperador para que le siguieran todos sus súbditos (como ya se había probado con éxito al convertir a Constantino o a Recaredo), Ricci comprendió que los chinos le prestaban más atención por sus conocimientos científicos que por su mensaje de salvación. Así, fueron su mapamundi, instrumentos de medición astronómica, relojes, instrumentos musicales europeos y conocimientos de alquimia lo que, realmente, le abrieron las impenetrables puertas de Pekín y lograron conversiones y respeto entre los locales. Pero lo que le valió una mayor admiración entre las altas jerarquías de la época, fue su sistema, aplicado al estudio, para memorizar ingentes cantidades de datos. Ricci inventó una técnica mnemotécnica, que denominó “El palacio de la memoria”, basada en la asociación de conceptos a estructuras arquitectónicas mentales. Pese a ello y tras 27 años en China, Ricci no logró nunca que el Emperador le diera audiencia. Sin embargo, tras su muerte, este autorizó que sus restos no se trasladaran a Macao (como era costumbre en la época) y, en cambio, se permitiese su entierro en Pekín. El propio emperador KangXi, al visitar su tumba, llegó a arrodillarse en señal de insólito y agradecido respeto.


En palabras del propio Ricci – que en el panorama geopolítico actual cobran toda su actualidad – la paciencia, el tesón y la estrategia largoplacista acaban dando sus frutos: “todas las cosas (incluidas las que al fin consiguen triunfar poderosamente) son en sus comienzos tan pequeñas y de contornos tan imperceptibles que no es fácil convencerse de que vayan a engendrar asuntos de gran importancia”. A su muerte, Ricci y sus compañeros, tras 27 años en China, sólo habían conseguido que se convirtiesen cinco centenares de chinos al cristianismo. Hoy China ya suma 67 millones de creyentes.



Julio Ceballos Rodríguez


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