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Relaciones China y América Latina ¿asociación estratégica o riesgo de dependencia?

Autor: Juan Andrés Gascón Maldonado,*

Miembro del Claustro Júnior. Investigador Predoctoral en la Universidad Autónoma de Madrid sobre relaciones sino-latinoamericanas.


Publicado el 18/09/2023


China y América Latina. Fuente: saeeg.org


Resumen

En un contexto de diversos y volátiles fenómenos que han afectado la distribución de poder global, estudiar la relación entre economías y poderes emergentes, yendo más allá del estudio de las potencias y regiones de mayor riqueza tradicionales, acaba siendo un paso imprescindible para realmente comprender la política internacional e identificar los retos existentes y las soluciones posibles a las convulsiones actuales. En efecto, la relación entre la República Popular China y América Latina se ha convertido en un escenario que atrae cada vez mayor atención, no sólo por su caracterización antihegemónica sino también por los desafíos, incertidumbres, oportunidades y dinámicas que genera. Para China supone la extensión de su influencia y el acceso a recursos estratégicos vitales para su industria y transición energética, para América Latina, supone salir de la órbita estadounidense y obtener nuevas ofertas de financiación e intercambio comercial, no obstante, para ambos, las discusiones acerca de la diversificación, horizontalidad y pleno reconocimiento siguen siendo tópicos pendientes. El presente escrito se aproximará a entender la relación que han tenido durante los últimos años e identificar los puntos de interés a la hora de analizar su evolución.


Palabras clave

Cooperación, China, América Latina, dependencia, desarrollo


Introducción

En un mundo multipolar e interconectado, en profundo y acelerado cambio, entender la emergencia de nuevas potencias, analizar el reordenamiento del tablero internacional y seguir las victorias y retrocesos de agendas internacionales, resulta de una relevancia apabullante (Tovar, 2021).

En este sentido, no sólo importa estudiar la posición y reacción de las potencias tradicionales ante los cambios en el sistema internacional, sino que resulta interesante y necesario conocer y entender las propuestas, perspectivas e intereses de los países y economías emergentes en lo que se ha denominado la “periferia” de los núcleos de poder histórico (Donnelly, 2006).

En este escenario, estudiar la relación entre poderes emergentes y regiones del Sur Global, tanto entre estos como su posición a las dinámicas con el Norte Global supone, además de un reto o curiosidad natural del campo de estudio, una necesidad epistémica a la hora de comprender las relaciones internacionales del tiempo presente y el futuro próximo.

De esta forma, existen pocas relaciones que atraigan tanto interés como la desplegada por parte de China con el resto de las regiones y naciones del mundo. Partiendo de su ímpetu emergente y su vocación como debutante a potencia hegemónica en diversos ámbitos, hacia su particular forma interactuar en el sistema internacional, transversal, pero a su vez de bajo perfil. Siendo de igual interés su continuo acercamiento a otras latitudes del Sur Global, estrechando lazos en África, Asia y, para desarrollo de nuestro presente escrito, América Latina (Casarini, 2016; Erthal & Neto, 2013).

En este contexto de rápidas transformaciones a nivel internacional de la distribución del poder, en sus diferentes manifestaciones, uno de los primeros rasgos que requieren mención es la acentuación de un modelo multipolar con erosiones evidentes del multilateralismo que han provocado, entre muchas cosas, episodios de tensión ascendente entre la (super)potencia “tradicional”, Estados Unidos, y el “debutante” referido, la República Popular China (Ríos, 2021).

Ahora bien, cabe preguntarnos ¿son estás lecturas de tensión y susceptible confrontación un estándar en las relaciones que ha establecido China en los últimos años? Lo cierto es que el presente artículo pretende realizar una breve aproximación sobre los intereses y expectativas que despiertan las relaciones sino-latinoamericanas, acercándonos al pensamiento regional latinoamericano y ubicando algunos puntos de contacto que ameritan un seguimiento.

Para dar con tal respuesta, se realizará un contraste de diferentes autores y sus respectivos análisis para así ser aplicados sobre la reflexión de los vínculos recientes entre China y América Latina, por ende, aplicando una comparación de contenidos y utilizando datos económicos recientes como respaldo de las proyecciones revisadas. Asimismo, para delimitar el rango de tiempo y extensión geográfica del análisis, vamos a designar como eje central de las relaciones el lanzamiento de la iniciativa One Belt One Road (conocida como iniciativa OBOR o Nueva Ruta de la Seda) de la República Popular China como marco del análisis. Identificando los impactos que ha tenido en la región, sin por ello desconocer los antecedes históricos necesarios.


La apertura china: un nuevo punto de partida.


Tras el colapso de la Unión Soviética (o conocida por sus siglas: URSS) a finales del s. XX, el protagonismo parecía recaer indudablemente en los Estados Unidos de América, la nueva potencia hegemónica (Donnelly, 2006), sin embargo, un gigante dormido, no casualmente antigua potencia desplazada, comenzaba a retomar su posición en el tablero internacional.

Tras episodios de convulsión interna y pugnas por el poder, una dinámica de estabilización y reordenamiento de actores produjo profundas transformaciones internas que llevaron a China a desarrollar una ambiciosa agenda de modernización y apertura que, desde las conocidas “Reformas de 1978”, ha ampliado la base desde la cual impulsar su posicionamiento y participación internacional (Paz, 2012). Esta apertura y reforma progresiva de los modelos productivos permitió que, en los últimos 35 años, China experimentase un cambio sustancial en su estatus socioeconómico y geopolítico.

Lo que hoy conocimos como China ha estado históricamente en una constante deliberación sobre la orientación de su política exterior, entre el cierre o la apertura, y de su modelo productivo, entre el conservadurismo o una modernización más radical. Ya desde el siglo XIX, el contacto con los imperios coloniales europeos demandó al aquel entonces imperio de la dinastía Qinq una mejor adaptación a los poderes exteriores, la cual podría decirse que no tendría lugar sino hasta la victoria sobre los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, la pacificación interna y la construcción de un nuevo estado bajo el ideario maoísta (López, 2016; Goodman, 2008). Un factor compartido entre analistas a la hora de entender la evolución desde esos primeros pasos de la República Popular China, hasta su apertura y expansión, ha sido la promoción de intercambio de intelectuales, profesionales y estudiantes de China hacia el resto del mundo, factor que, por cierto, sigue siendo un vehículo fundamental para diseñar las políticas de desarrollo y orientar su innovación tecnológica (Wang, 2008).

Con el regreso de Deng Xiaoping a las cámaras del Buró Político y el Partico Comunista de China a finales de la década de los 70, la República Popular China adopta cambios importantes (López, 2016). En primer lugar, un mayor acercamiento con Estados Unidos en detrimento de la Unión Soviética; en segundo lugar, una estrategia de proyección de poder regional; y, en tercer lugar, la pugna por el reconocimiento de “una sola China” como uno de los pilares de la política exterior, logrando el cambio de la representación en Naciones Unidas en 1971 y siendo un punto crucial en las negociaciones diplomáticas con el Sur Global, en concreto, con América Latina (Rodríguez, 2016; Garver, 1993). La orientación política del Politburó y los gobiernos posteriores representados por Jiang Zemin y Hu Jintao, se mantendría en esta dinámica de apertura, atracción de inversiones, reindustrialización, intercambio tecnológico y reformas internas.

La llegada de Xi Jinping al poder coincidió con una política exterior con bases más estructuradas y una gestión interna con una organización madura que, salvo los desafíos demográficos y la presión representada por la desigualdad, fue capaz de alcanzar un sobresaliente desarrollo económico, tecnológico y militar (Paz, 2012). Por otro lado, se articula una retórica de “desarrollo pacífico” (de la cual bebe mucho la apreciación del “auge pacífico” más reciente), con el fin de aliviar las posibles desconfianzas generadas producto del rápido crecimiento y el mayor peso internacional de China (Long, 2020; Vidales García, 2016).


La postura latinoamericana: antecedentes e interacciones con la región.


Incluso antes de la apertura a finales de la década de los 70, China mantenía un considerable contacto con la región, tanto de su vínculo migratorio como diálogo político. Durante la década de los 50, se llevaron a cabo varias visitas a China de políticos latinoamericanos, por ejemplo, Salvador Allende, Lázaro Cárdenas o Arbenz Guzmán.

En la década de los 60, se estableció la Asociación de Amistad entre China y América Latina (AACAL), desde la cual surgieron diferentes iniciativas y se complementaban los esfuerzos de la Cooperación Sur-Sur en un escenario de Guerra Fría bajo el estandarte del “Tercer Mundo” (movimiento de los no alineados), no obstante, bajo la “supervisión” estadounidense no se pudo profundizar de forma sustancial. Entre 1970 y 1990, muchas ciudades llegaron a acuerdos de cooperación, prosiguieron las visitas y comenzaron a incrementarse los intercambios comerciales conforme concluía la Guerra Fría, aunado al cada vez menor interés de Estados Unidos en la región que permitiría un mayor impulso a la ola de democratización latinoamericana.

En la primera década de los 2000, presidentes y representantes chinos realizaron varias visitas a la región latinoamericana donde una de las mayores áreas de discusión era el reconocimiento de la República Popular China frente al de la República de China (conocida como Taiwán), cuya negociación ya venía acarreando dificultades desde la década de los 90, debido al auge económico del país insular y el apoyo que recibía de Estados Unidos. De hecho, actualmente la República Popular China mantiene relaciones diplomáticas estrechas con al menos 21 países de la región, especialmente por el interés económico; mientras Taiwán mantiene algún tipo de lazo con 12 países, continuando la disputa por el reconocimiento en la región, por ejemplo, con los cambios de posición a favor de China en Centroamérica frente a sólidos lazos como el de la República de Paraguay con Taiwán (Rodríguez, 2012)[1].

En cuanto a los intercambios comerciales, la balanza y el valor porcentual del comercio ha fluctuado a lo largo de las últimas décadas, tendiendo a una balanza positiva para los países latinoamericanos con ciertos episodios contrarios a favor de China. Entre 1980 y 2000 la cifra del comercio creció de unos 1.300 millones de dólares a unos 13.000 millones; para 2005 ya alcanzaba los 50.000 millones de dólares y, en 2010, alcanzaba un crecimiento exponencial de 200.000 millones de dólares (CEPAL, 2012; Rosales, 2010). Año desde el cual China empezaría a situarse como el principal socio de varios países de la región (Jiang, 2006).

Gran parte de este crecimiento se debió al propio interés de países latinoamericanos en estrechar lazos con el gigante asiático y conseguir mayores intercambios, iniciativa que China aprovechó para seguir importando materias primas a cambio de ofrecer préstamos y manufacturas. En algunos casos obteniendo la primera posición como socio comercial de forma temprana, primero con Brasil, seguido de Chile, y como segundo socio actualmente para Perú, Cuba y Costa Rica, aunado a enormes acuerdos financieros con Venezuela o instalaciones científicas con Argentina.

A esta tendencia se le han opuesto no sólo Estados Unidos sino también países centroamericanos[2], pues como comentamos anteriormente, países como Guatemala han mantenido cierta distancia con China debido a su relación más estrecha, aún presente, con Taiwán, por ejemplo, en materia de cooperación e inversión extranjera directa (CEPAL, 2012, Ríos, 2021).


Algunos otros intercambios también estuvieron impulsados por iniciativas latinoamericanas o esfuerzos bilaterales para fomentar la cooperación, por ejemplo, en el ámbito académico, donde se crearía el Instituto de Estudios Latinoamericanos en 1961 que, pese a estar cerrado durante la “Revolución Cultural”, tomaría a partir de la década de los 80 un papel importante en la difusión y debate de la realidad latinoamericana en la academia china hasta el día de hoy (Jiang, 2006, López; 2016). Otro ejemplo del interés de la región puede observarse en la proliferación de institutos Confucio para la enseñanza del mandarín y la cultura china en los últimos años; una política de promoción cultural directamente supervisada por el Partido Comunista Chino que despierta tanto sospechas como ánimos en la región (Moreno, 2022).


La iniciativa OBOR: las bases para un nuevo marco de interacción


A partir del año 2009, China se posiciona como la segunda economía del mundo, actualmente superando a Estados Unidos en varios indicadores como en términos de Paridad de Poder Adquisitivo y Crecimiento per Cápita. La presentación y despliegue de los distintos proyectos que componen la iniciativa ha generado tanto esperanzas como temores, según a quién le consultes (Zogg, 2020).

La estrategia de política exterior se centró en converger las agendas de cooperación política y económica, incorporándose e incluso liderando en diversas cadenas de valor global de recursos estratégicos, así como presentarse como un socio “garante de la seguridad, la inversión y el entendimiento” (Vidales García, 2016). El replanteamiento que sigue impulsando China incluso hoy le ha desplazado de su rol como “taller del mundo”, que ofertaba una manufacturación “barata”, hacia una transformación económica basada en la diversificación, competitividad e innovación. En efecto, una estrategia que se erigió como el motor de la propuesta ideológica de “sociedad armoniosa” planteada desde la apertura y que fue rebautizada con la llegada de Xi Jinping como “sociedad de la prosperidad” (López, 2016).

Con esta iniciativa, China ha intentado unificar fondos de inversión en países vecinos y socios clave, accediendo y explotando recursos estratégicos que a su vez permitan generar una producción más sostenible. En este contexto se desarrolló la iniciativa One Belt One Road, apostando por la “diversificación, intensificación e intercambio dinámico”, anunciada en el año 2013 y con la primera zona despliegue en Asia Central, aunque hoy en día cuenta con una expansión global inédita, sumando operaciones en Oriente Medio, Norteamérica, Europa, África y más recientemente, América Latina (Ghiasy & Zhou, 2017).

Frente a este proceso, como establecen Ghiasy & Zhou (2017), es posible afirmar sin caer en exageraciones que se trata de la iniciativa más ambiciosa en materia económica y geopolítica de la China contemporánea. Actualmente, ya atraviesa a más de 60 países, comunicando territorios que componen el 70% de la población mundial, el 55% del PIB mundial y el 75% de las reservas de energía, invirtiendo más de 400.000 millones de dólares en sus primeros avances, logrando alcanzar actualmente un valor estimado de más de 1,4 billones de dólares entre préstamos y financiación multisectorial (Casarini, 2016). Sumado además con el impulso geopolítico de China en agrupaciones u organismos multilaterales, ya no solo Naciones Unidas, sino con especial impulso de la iniciativa BRICS, ahora BRICS+, que conecta diferentes economías (re)emergentes y agendas comunes.


Debates sobre las relaciones recientes: ¿asociación o la dependencia?


Según el informe de la CEPAL de 2021, incluso al inicio de la pandemia, China ya representaba el 18% del PBI mundial y el 22% de las exportaciones de manufacturas, siendo el principal socio de varias de las economías de peso en América Latina, incluso en aquellos más cercanos a la órbita estadounidense como México. Precisamente la dinámica de retroceso o estancamiento de la influencia estadounidense en la región, especialmente en Sudamérica, permite a China ofrecer una nueva lógica de intercambio sin un pasado intrincado, difundiendo una retórica de “cooperación horizontal, comercio justo y buena voluntad” (Vaca Navaja, 2018).

Los diferentes cambios políticos e ideológicos en América Latina, especialmente en procesos que coincidieron con la progresiva apertura china como: la “marea rosa” a inicios de los 2000, un nuevo viraje a la derecha en la primera década y el boom de las materias primas que concluyó posteriormente en una abrupta caída de los precios, no han sido impedimento para la creciente interacción política y económica de China con los distintos países latinoamericanos.

En materia de política exterior, la evolución de la relación, incluso ante las dudas e incertidumbres de una mayor implicación, sigue sugiriendo que la mayoría de los gobiernos prefiere mantener una estrecha relación con el gigante asiático, incluso cuando implicó priorizar Beijing en detrimento de Washington o Taipéi; tendencia reforzada con el galopante liderazgo de China en diferentes ámbitos, especialmente el tecnológico (Jing, 2006; Rodríguez, 2012; Alfonso et al, 2021).

En efecto, ubicamos dos ejes centrales en las relaciones económicas entre China y América Latina: por un lado, las infraestructuras, por otro, la obtención de recursos naturales. Las abundantes reservas y el propio crecimiento en la región han atraído más y más la atención de empresas chinas, logrando incluso un mayor interés en el valor monetario del yuan, por ejemplo, como acordaron Argentina y China en 2009 para que Argentina pudiese pagar las importaciones a su socio en yuanes (CEPAL, 2012; 2021), acuerdo que ha sido recientemente reimpulsado con un nuevo acuerdo económico en el marco de la OBOR (Koop, 2022).

Ahora bien, de cara a las inversiones latinoamericanas en China, antes de la iniciativa OBOR, las inversiones extranjeras desde la región estaban concentradas en paraísos fiscales caribeños pues, si bien Argentina, Brasil, Chile y México tuviesen más capacidad de inversión, en los años previos a la crisis de 2008 las inversiones no habían superado los 80 millones de dólares (CEPAL, 2012). La mayoría de las inversiones, además, parten de los nodos comerciales de las ciudades que concentran la mayor actividad, como Shanghái o Hunan, estructurando una lógica multinivel de las inversiones que no necesariamente coincide con las agendas del gobierno central.

El despliegue de la iniciativa OBOR cambió el perfil de China como receptor o mero agente comercial para convertirlo en un activo inversor y prestamista, superando a Japón, Rusia y varios países europeos, compitiendo incluso con Estados Unidos en esta materia, tanto en África como América Latina (CEPAL, 2012; Cornejo & García, 2010; Vaca, 2018). Esto permite conciliar su posición como productor y consumidor de bienes y servicios mientras se sitúa como proveedor y receptor de diferentes inversiones y servicios. Un ejemplo puede encontrarse en el sector agrícola, donde China concentra una parte considerable de la producción mundial de cereales y alimentos, a su vez que consume y demanda enormes cantidades de materia prima como algodón, semillas de soja y aceite de soja, donde América Latina compite con regiones como el Sudeste Asiático y África por el puesto de mayor proveedor (Rosales, 2010; CEPAL, 2012).

Sin embargo, el mayor sector, además de las inversiones, es el consumo y mercado de metales y recursos energéticos como el petróleo. Incluso en episodios de desaceleración económica, el crecimiento chino en la primera década de los 2000 llegó a equivaler al 170% del alza de la demanda mundial de estos recursos (CEPAL, 2012). En consecuencia, se desarrolló una tendencia comercial más positiva según el flujo de recursos que podía ofrecerse a la demanda china, por ejemplo, para 2017 el 10% de las exportaciones de bienes en la región tuvo como destino China, de donde provino el 18% de las importaciones; siendo los socios con un balance positivo Brasil, Chile, Venezuela y Perú, mientras otros como México, el Caribe y Centroamérica presentan un déficit comercial, coincidiendo con factores que hemos desarrollado anteriormente. En este período, el volumen del comercio bilateral había ascendido desde 2015 en unos 307.400 millones de dólares (Ríos, 2019).

En este proceso de oferta y demanda, la extensión de la iniciativa OBOR avanzó más allá de unos principios de cooperación básicos para replantear las asociaciones, promoviendo una agenda personalizada de los intercambios que, cabe destacar, son mayoritariamente negociaciones a nivel bilateral, a diferencia de las negociaciones que sostienen, por ejemplo, el Mercosur y la Unión Europea. En este sentido, algunos apuntan a que la aportación de fondos y los proyectos de intercambio tecnológico han sido una pieza útil en el desarrollo productivo de muchos países de la región, logrando optimizar los canales e intercambios (Ríos, 2019).

Sin embargo, una parte considerable del valor agregado de los sectores de mayor atención sigue quedándose en China y abre la importante incertidumbre sobre la sostenibilidad del modelo extractivista latinoamericano, especialmente en países que “se han quedado atrás” en la diversificación económica y donde no han surgido iniciativas para renegociar con China un intercambio diferente, por ejemplo, en el caso del litio sudamericano como una de las industrias que exponen dicho dilema. Ahora bien, esta realidad también cae en el factor comparativo, por ejemplo, con la relación existente con Estados Unidos, con quien China compite el primer y segundo puesto como inversor en la región.

Como hemos dicho antes, los esfuerzos diplomáticos por mostrarse como un socio confiable y horizontal hace que China haya consolidad considerable confianza entre sus socios latinoamericanos. En 2017, China ya aportaba el 15% de la inversión extranjera directa en la región, cuyo stock supera los 200.000 millones de dólares, alrededor de 170.000 millones más que en 2010, cuando todavía no se habían estrechado los lazos ni se tenía una agenda transversal definida (Ríos, 2019). Así pues, desde las primeras visitas, los préstamos también venían en tendencia ascendente pues en 2016, los préstamos ya superan los 141.000 millones de dólares según el informe de la CEPAL 2019.

No obstante, incluso con acuerdos ambiciosos como el nuevo acuerdo con Argentina, la confianza del lado chino hacia la rentabilidad de las operaciones con algunos de sus socios si ha evidenciado algunos descensos, producto de las convulsiones políticas internas como el caso de Venezuela, llevando a la propia Beijing la discusión de qué tipos de régimen resultan ser más fidedigno a la hora de invertir su dinero.

Adicionalmente, resulta importante destacar el tipo de acercamiento que también hacen los países latinoamericanos, y como se buscan diferenciar. Por ejemplo, si bien Argentina y Brasil poseen relaciones similares con China, cada vez son más dispares en cuanto a cómo negocian. Por un lado, Argentina emuló la fórmula brasileña de exportaciones agrícolas y el foco de inversión en el sector de materias primas y combustibles, pero hasta hace poco no se situaba explícitamente en dinámicas de cooperación transversal con proyección global; mientras Brasil sí ha buscado participar activamente en bloques como BRICS, incluso en períodos más reticentes con China como durante la presidencia de Jair Bolsonaro (Ríos, 2019).


Conclusiones: el dragón y el jaguar ¿hacia dónde los dirige el camino?


En los últimos años hemos vivido diferentes episodios de inestabilidad global; por un lado, quiebres democráticos y estallidos de protestas, especialmente en América Latina y, por otro lado, los impactos negativos por la pandemia del COVID19, erosionando la ya de por sí frágil confianza en las instituciones y los mecanismos de respuesta del sistema internacional. Ante esto, observamos una China en etapa de reajuste, adaptándose a los rendimientos recientes de sus proyectos al exterior y buscando generar nuevas bases de estabilidad interna, a la par que busca situarse, como lo hacen otros poderes emergentes o tradicionales, en medio de un contexto de crisis del multilateralismo liberal y la demanda de un nuevo orden internacional que compense las pérdidas del modelo actual.

Siguiendo esta línea, encontramos que los corredores de la iniciativa OBOR ya han penetrado de forma efectiva las economías regionales de África, Oriente Próximo y América Latina, siendo esta última una en las que mayores retos parece estar enfrentando. Tanto para las naciones latinoamericanas como para China, cada nueva decisión tiene un impacto importante, pues no se trata solo de recuperar un escenario anterior o sostener levemente el presente sino de recuperar su “recorrido” al desarrollo, muchas veces también puesto en duda en forma y fondo.

Contingencias como el conflicto entre Rusia y Ucrania, los últimos golpes de estado en África Subsahariana y las tensiones en el Pacífico demandan una actuación internacional comprometida, donde la cooperación entre China y América Latina puede funcionar como una válvula de escape desde donde reconstruir una parte del multilateralismo, pero en clave más horizontal, o al menos, con el potencial de serlo. No obstante, como hemos revisado, un crecimiento sostenido de las relaciones comerciales tampoco es garantía de un intercambio positivo a largo plazo para las economías latinoamericanas, pues depende de estas no sólo cómo asignar internamente los recursos que recibe de China sino también qué recursos propios y en qué condiciones le ofrece, siendo la diversificación y la obtención de nuevas cadenas de valor agregado un asunto pendiente.

La discusión es clara pero no por ello menos compleja y es que como hemos visto, China requiere de los recursos de la región, pero no puede permitirse gastos excesivos en relaciones inconsistentes o que su reputación diplomática decaiga, a la par que para América Latina el comercio con China puede suponer una mayor autonomía frente a la órbita de influencia estadounidense pero no por ello garantiza un cambio de modelo productivo más eficiente y, a largo plazo, sostenible y autónomo.

En este sentido, la retórica de comercio justo y relación entre iguales que muchas veces ha planteado China, siendo el fundamento discursivo de sus iniciativas externas, puede verse cuestionada ante las claras asimetrías y los acercamientos en clave bilateral, donde el punto de partida en una negociación termina siendo más empinado para los países de menor tamaño político y económico. Valorar en ambos lados con prudencia y transparencia las implicaciones presentes y futuras de la interacción entre estos actores, supone un ejercicio necesario por los distintos gobiernos y analistas para alcanzar soluciones e interpretaciones efectivas a los problemas globales y la construcción de puentes que permitan superar las incertidumbres y potenciar una cooperación más estable e integral.


Citas

[1] Un factor clave para los reconocimientos más tempranos a favor de Beijing fue la relación que se generaba entre los partidos comunistas o socialistas latinoamericanos y el Partido Comunista Chino, especialmente tras la apertura y superación de lo que algunos autores denominan la etapa “radical” del período maoísta (Jiang, 2006; Rodríguez, 2012). [2] Costa Rica fue un apoyo importante hasta su cambio en 2007 al establecer relaciones diplomáticas con Beijing (Jiang, 2006; Rodríguez, 2012).



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