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Lágrimas de Yi ZhiNan


Por Julio Ceballos*


Publicado el 6/10/2023



El fotógrafo es un mago que se hace invisible para visibilizar a otros lo subliminal.



Marzo 2007. Katie Melua llevaban dos años cantándole al mundo que “nueve millones de bicicletas” rodaban por las calles de la capital del Reino del Centro. A lomos de dos “Palomas voladoras” -la mítica marca china de bicicletas-, yo pasaba un fin de semana enseñando a un gran amigo -un hermano- una las ciudades más prodigiosas que han existido: Pekín.


Mi amigo es un gran observador de la vida y sabe prestar atención a los pequeños detalles. Allí, pedaleando por las callejas de los hutong, hace 16 años, algo captó poderosamente su curiosidad: una mirada; la imagen de un rostro que atisbó pegado a la parte interior de una puerta entreabierta. Detuvo la bici y sacó una foto. Recuerdo bien el momento, allí, en aquel viejo hutong (barrio tradicional pekinés) con las óperas pekinesas reverberando en sordina entre sus callejones, el aroma a comida en cocción mezclado con olor a orines y el de ese carboncillo característicamente pekinés que se emplea en las cocinas y las estufas. Por motivos insondables (que aún hoy no me explico), esa foto le ha acompañado, desde entonces, como fondo de escritorio y perfil en redes sociales. Pero no ha sido hasta ahora, tres lustros después y a raíz de querer escribir estas líneas, que hemos atado cabos de quién hizo aquella foto y quién es la chica retratada.

El fotógrafo se llama XiaoQuan y está considerado una suerte de Cartier-Bresson chinesco que se dedicó, durante décadas, a plasmar, con su cámara y su mirada humanista, el torbellino de cambios que desató, en 1989, la política de reforma y apertura emprendida por Deng XiaoPing. La fotografía es una manera íntima de mirar el mundo. Una mirada asombrada y a menudo solitaria que sabe leer entre las líneas de lo cotidiano, descubrir lo efímero e inmortalizarlo. En un país superpoblado por casi 1500 millones de almas, captar lo insignificante, lo anónimo, lo que pasa desapercibido para la mayoría, es todo un arte. El fotógrafo es un mago que se hace invisible para visibilizar a otros lo subliminal.

Como los ideogramas -los caracteres chinos-, la fotografía también captura una realidad que, sólo tras una lectura atenta y un estudio sutil, es posible descifrar. El fotógrafo, como un entomólogo, capta en un gesto, o en instante aparentemente trivial, el significado oculto en la realidad. Así, XiaoQuan ha sabido captar, a lo largo de su carrera, el alma de un país vetusto y moderno al mismo tiempo; el rostro de un mundo en construcción -China- que genera momentos y estampas irrepetibles, como la de la chica de la foto: una joven cantante sichuanesa llamada YiZhiNan. La imagen, tomada en blanco y negro en 1990, muestra a una chica joven que es la quintaesencia de la belleza clásica chinesca y que literatura y pintura llevan plasmando desde hace siglos: piel pálida, silueta esbelta, largos cabellos negros, rostro de expresión lánguida y etérea, postura indolente, hermosas manos de largos dedos (las manos más hermosas que he visto en mi vida habitan en China). Y, sin embargo, hay varios elementos en la fotografía que parecen lanzar mensajes contrapuestos: el elegante escorzo -aparentemente tradicional- contrasta con el cigarrillo y el cenicero que tiene la protagonista en su regazo. Asimismo, los vistosos lunares del guardapolvo que envuelve el cuerpo de la joven parecen contradecir la intensidad de su mirada perdida en el vacío. Tras ella, se ve un piano y, sobre el piano, se intuye el póster de una chica occidental tocando una flauta travesera. Pero la imagen destila silencio y tiempo detenido. Flota cierta herrumbre en la foto, una sombra que mira el tiempo detenido. Tal vez se oye llover, o tal vez bogan las nubes por el cielo fuera de esa habitación pero, allí dentro, YiZhiNan está sólo de cuerpo presente; su mente transita por otro lugar y su mirada carga una profunda tristeza.

La fotografía, de fascinante melancolía, causó sensación en su momento y acabó decorando infinidad de paredes sembradas por toda la geografía chinesca. Mi amigo se la encontró pegada en una cochambrosa puerta de un hutong. Pasados ya 33 años, qué habrá sido de aquella lánguida YiZhiNan, cuántos de sus sueños se habrán cumplido y qué primavera logró evaporar su melancolía.

En su autobiografía, el fotógrafo XiaoQuan cuenta que estuvo tomando fotos a la joven, en silencio, durante varios minutos. Una y otra vez, hasta que los ojos de Yi ZhiNan se llenaron de lágrimas. Pero ni él ni su cámara estaban ya en aquella habitación cuando el disparo del obturador captó ese instante congelado en el tiempo.


*Nota: Las ideas contenidas en las publicaciones de Cátedra China o de terceros son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento de esta Asociación.

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