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El confucianismo, ayer y hoy

Por Gabriel García-Noblejas*


Publicado el 20/11/2023



Templo confuciano en Shanghái. Fuente: El Orden Mundial. Foto: Matt Rhodes (Flickr).

Lo que nosotros llamamos confucianismo se ha denominado en China durante más de dos mil años con el nombre de 儒教, rujiao. El primer término, ru, definía a un grupo de expertos que trabajaban en la corte de la dinastía Zhou en calidad de maestros rituales de orden religioso, pues cumplían la función primordial de realizar los ritos al dios supremo, el Cielo, y a las demás divinidades y espíritus; sabían, también, cómo organizar tanto una asamblea de dirigentes hasta una audiencia diplomática entre reyes de los distintos reinos en que se dividió China en la segunda mitad de la susodicha dinastía. El segundo elemento del término, jiao, se agregó al primero varios siglos después de que viviera Confucio; data de, al menos, el siglo V d.C. y se utilizaba para dignificar una corriente espiritual y alzarlo oficialmente a ser un gran sistema. Así se hizo no sólo con la tradición de los letrados (o ru) sino también con la taoísta y la budista: todas pasaron a ser jiao. Su gran valor radicaba en que enseñaban lo espiritual y lo moral al pueblo.

Confucio fue uno de dichos letrados de la dinastía Zhou. No escribió nada de su puño y letra. Su figura y sus ideas nos han llegado gracias a las notas que tomaron sus discípulos directos de todo aquello que decía y de cómo actuaba ante cada situación vital. Tal cúmulo de notas quedó editado bajo el conocido título de Analectas (论语, lunyu).

A Confucio se atribuye también el Libro del amor filial (孝经, xiaojing); que es sin duda ninguna la obra clásica más importante que existe para comprender, hoy, la sociedad china actual y la pasada. El Libro del amor filial establece una base muy clara como fundamento y razón de ser para el comportamiento humano: el afecto concreto y verdadero entre personas y no la ideología. Sobre todos los afectos que vemos en las Analectas, Confucio destaca en el Libro del amor filial el de mayor importancia para cada persona, la sociedad y la política de todo reino: el amor a los padres. (No podemos dejar de señalar que Aristóteles pensaba de una manera ciertamente semejante cuando en la Ética a Nicómaco fundamenta la política de una ciudad en la filía entre las personas que componen dicha ciudad. Para el griego, al igual que para el chino, la política que no se estructurara sobre un afecto de sincera amistad mutua sería falsa, se construiría sobre el vacío de la ideología y no sobre la verdad de la persona).

Confucio define el amor a los padres como un sentimiento auténtico que liga a padres e hijos y los conmina a un cuidado mutuo y un amor recíproco que va más allá de la muerte. Las responsabilidades de dicho amor van en las dos direcciones, de modo que los hijos pueden (incluso deben) desobedecer a los padres y contradecirlos cuando vean que éstos no están obrando debidamente. No hay obediencia ciega. Hay reciprocidad sincera. Cuidado mutuo aun a riesgo de la propia vida y obediencia de hijos a padres.

Sorprende ver cómo Confucio extiende este afecto a toda la sociedad y se lo exige a todas las personas ligadas por cualesquiera relaciones sociales: hermanos con hermanos, amigos con amigos y reyes con súbditos. Confucio exige al monarca amar al pueblo como un padre ama a un hijo y exige a ambos actuar como hemos descrito la relación entre padres e hijos hace unos instantes. Aprueba la protesta del pueblo cuando está justificada, cuando el rey no se comporta como un padre con sus hijos. Por lo tanto, también exige y obliga al emperador a dar su vida, su mente y cuerpo por el bienestar de su pueblo, como los padres por los hijos, según el mismo amor paternofilial.

Gracias a los exámenes imperiales, el confucianismo se configuró, con el paso de los siglos, como la base espiritual y ética de un excelentemente bien preparado cuerpo funcionarial gracias al cual China ha mantenido una estabilidad notable. Dicho estamento funcionarial de letrados confucianos ha llevado las riendas de China durante dinastías, dotando a China, así, de una estabilidad a prueba de los vaivenes y las veleidades de ciertas invasiones (como la mongola o la manchú) y de ciertos emperadores. Los funcionarios del Estado eran confucianos de espíritu; aprobaban las oposiciones funcionariales aquellos que demostraban conocer a la perfección (y vivir de igual modo según) la tradición confuciana depositada en los clásicos, entre los que destaca el Libro del amor filial. El vasto cuerpo de jueces, gobernadores, alcaldes y demás funcionarios que gobernó China durante siglos, la gobernó según las directrices éticas, morales y espirituales confucianas. De ahí la gran estabilidad de un imperio cuyas vastas dimensiones no tenían parangón en el mundo entero.

Tras años de olvido en la segunda mitad del siglo XX, la tradición confuciana ha sido revitalizada por el presidente Xi Jinping por diversas vías. Dos de ellas son: primero, la educación en todas las edades escolares por medio de libros de texto donde se expone y actualiza la tradición confuciana; segundo, la Ley, que—como la de la obligatoriedad de atender a los padres con necesidades materiales—ordenan y organizan la recuperación y revitalización del confucianismo en todos los órdenes de la vida, sin olvidar nunca que el mando de China está en manos del Partido Comunista de China. De este modo, China se conforma como un sistema absolutamente único y que está logrando una estabilidad y unos avances socioeconómicos que no dejan de sorprender al mundo entero. Su sistema es propio, porque emana de su Historia pasada y reciente. Y está teniendo éxito.



*Nota: Las ideas contenidas en las  publicaciones de Cátedra China o de terceros son responsabilidad de sus autores, sin que reflejen necesariamente el pensamiento de esta Asociación.

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