Tierras del monzón



Hay una escena de la película Forrest Gump que refleja muy bien la llegada de la estación monzónica en el sudeste asiático: “Un día empezó a llover, y ya no paró durante cuatro meses. Tuvimos todas las clases de lluvia: una lluvia finita que pinchaba, una gorda y espesa, una lluvia que caía de lado y hasta, a veces, una lluvia que subía desde abajo. Hasta llovía de noche.”


Si tuviese que elegir un rasgo común a muchos pueblos asiáticos, ese es el de los monzones. Asia es, además de muchas otras cosas, un sistema meteorológico: el monzónico; un enorme lugar del mapa batido durante varios meses, cada año, por tifones, tormentas y vientos cargados de lluvia. Hablar del monzón es invocar imágenes de lluvias torrenciales, riadas, aluviones y desbordamientos en países tropicales y subtropicales de Asia y el Pacífico, pero, también, de América del Sur y África. En realidad, los monzones son el “motor” de los ciclos mundiales del agua.


El monzón es un viento y la palabra que lo denomina proviene del árabe (mosem), que significa estación o cambio, precisamente porque es un viento que cambia de dirección a lo largo del año. En rigor, debería hablarse de dos tipos de monzones: los de verano y los de invierno, pues el monzón es un viento que sopla en direcciones opuestas en diferentes épocas del año. Así, en verano sopla del mar a la costa, de sur a norte, cargado de lluvia; en invierno, en cambio, cuando la tierra está más fría que el mar, cambia de dirección generando una época seca y más templada, sin apenas precipitaciones. Estos cambios son provocados por los contrastes térmicos entre la tierra y el continente, de manera parecida a como sucede en cualquiera de nuestras poblaciones litorales, pero a nivel gigantesco, continental. Por eso, el monzón es, en Asia, ante todo, un cambio estacional, un diapasón que imprime un ritmo característico en la vida de miles de millones de personas, sus costumbres y su economía. De hecho, en los países de clima marcadamente monzónico, no se distinguen apenas las cuatro estaciones convencionales; estas se resumen, en la mayoría de los países de Asia, a dos: la estación de lluvias y la estación seca.


No es casualidad que la mayor concentración poblacional del planeta se dé en la parte del mundo gobernada por los monzones. Son los monzones los que, con sus abundantes lluvias, permiten una agricultura de inundación o muy intensiva en agua (arroz, algodón, soja, etc.). Allí donde afecta el monzón hay, invariablemente, mucha gente. Si la natalidad es muy alta porque los cultivos son muy intensos en mano de obra, o si hay mucha mano de obra porque los cultivos son muy fructíferos, yo no sabría decirlo. Lo cierto es que el monzón descarga el 80% de la precipitación anual allí por donde pasa. Cada vez más catastróficamente. El progresivo calentamiento global está contribuyendo a que aumente, también, el volumen de vapor de agua en la atmósfera lo cual provoca, a su vez, precipitaciones cada vez mayores y fenómenos atmosféricos extremos.


Pese a los efectos devastadores que tiene, en ocasiones, el monzón, la estación de lluvias es un tiempo feliz para los locales, pues el monzón termina cada año con la sequía y resulta crucial para cientos de millones de agricultores en Asia. Su llegada se recibe con festivales y celebraciones por toda la región. Las principales festividades budistas, a lo largo del calendario de los países asiáticos, están directamente relacionadas con los ciclos de lluvias y las cosechas. La vida no se detiene con el monzón. A pesar de los inconvenientes que, anualmente, causa en el transporte, las comunicaciones y los quehaceres diarios el convivir diariamente con barro, charcos y trombas de agua, la vida sigue. En chanclas, bajo ponchos, con katiuskas, al resguardo de toldos o paraguas, la vida sigue. Somos, en gran parte, la intemperie a la que está expuesta nuestra vida y hay quienes, como el filósofo japonés Tetsuro Watsuji, creen que el monzón está inserto en la esencia profunda del pensamiento, la cultura, el carácter y la gastronomía asiáticas. Las inclemencias y los meteoros nos forjan y, así, el monzón condiciona, en gran medida, los ritmos de vida, la forma de mirar el mundo y de comportarse de muchos asiáticos: su resiliencia, su paciencia, su creencia en el carácter cíclico del destino, el tesón o su resignada confianza en el futuro.


Recuerdo el comienzo de mi primera estación monzónica, apenas recién llegado a Shanghai. Desde lo alto de la planta 25º del rascacielos en el que trabajaba, observé asombrado cómo el cielo se encapotaba de una manera sorprendentemente rápida y verduzca, instantes antes de empezar a diluviar. En cuestión de segundos, una cortina de lluvia bíblica emborronó por completo la vista de la ciudad. Cuando, al cabo de un rato, una compañera china entró en la oficina, la pregunté si en la calle seguía lloviendo mucho. Ella me respondió de una manera – profundamente asiática – que aún no he olvidado: “No puedo responderte a esa pregunta, Julio, pues yo no sé lo que, para tí, es llover mucho”. Punto y aparte.



Julio Ceballos Rodríguez


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