Lo que mueve el mundo

Todo aquello de cuanto dependemos nos hace vulnerables



Tristemente, lo que realmente mueve el mundo no es el amor, sino el petróleo. Si la pandemia, con la digitalización de muchos de nuestros hábitos y la restricción a la movilidad, parecía haber acelerado la transición a un modelo energético más sostenible, ecológico y menos dependiente de los hidrocarburos, la dura realidad se impone demostrándonos que no: nuestra civilización se explica gracias a la energía que la alimenta. Por encima de consideraciones ideológicas, raciales, culturales o religiosas, lo que realmente explica el devenir de la Humanidad en los últimos dos siglos, es nuestra enorme dependencia de los lugares productores de combustibles fósiles.

El mundo que hemos creado consume unos 100 millones de barriles de petróleo cada día: el equivalente a unos 33 buques petroleros. Es importante visualizarlos, uno de tras de otro, flotando en fila india a lo largo de más de 10 kilómetros. La huella de esos 100 millones de barriles está por todas partes: en los productos que nos visten, con los que nos lavamos, lo que nos alumbra y calienta, lo que impulsa nuestros medios de transporte por tierra, mar y aire, en los fármacos que nos curan o en los envases de prácticamente todo lo que consumimos. También en cada pixel de la pantalla y en el teclado con los que se escriben estas líneas. Nuestro estilo de vida actual se mantiene a base de petróleo.

Y es en este contexto en el que hay que leer (también) la invasión de Ucrania: todo aquello de cuanto dependemos nos hace vulnerables. Putin sabe de la enorme dependencia de Europa (y del mundo) del suministro de combustibles rusos y sabe bien que las sanciones occidentales dañan mucho la economía rusa pero, también mucho, la de quienes aplican dichas sanciones. La morrocotuda subida del precio del barril de petróleo provocada por la guerra en Ucrania beneficia a la economía rusa, muy dependiente de la exportación de hidrocarburos. Para poder contener el precio del barril por debajo de los 100 dólares es preciso que otras potencias petrolíferas -como Irán o Venezuela- inyecten más producción en un sistema productivo que acaba de “expulsar” a Rusia. Occidente ya está llamando a Maduro (y otros “adversarios geopolíticos”) para que se olviden de las habituales rencillas y echen una mano a controlar la inflación.

Lo urgente desplaza a lo importante y las necesidades energéticas en el corto plazo aparcan la agenda global de descarbonización. El cambio climático, sin embargo, no es algo que podamos evitar pues ya ha operado. Por cada grado que asciende la temperatura a nivel global, la atmósfera absorbe un 7% más de agua, desvirtuando el ciclo natural de las estaciones, provocando su precipitación de manera más concentrada y desencadenando fenómenos atmosféricos cada vez más extremos (tifones, sequías, inundaciones, incendios, nevadas y huracanes). Ya nunca más a lo largo de nuestras vidas el clima volverá a ser el que conocimos hace, tan sólo, tres o cuatro décadas. Sí que podemos, en cambio, mitigar algo el proceso, ralentizarlo y evitar que se convierta en irreversible. El economista y activista climático Jeremy Rifkin alerta que la Humanidad dispone de 10 años (hasta aproximadamente el año 2033) para detener y revertir el proceso de calentamiento global antes de alcanzar un punto de no retorno y de destrucción en bucle de ecosistemas. La triste ironía es que la lucha contra el calentamiento global ha convertido a Europa en mucho más dependiente del gas ruso. Pero aún hay más: la mayoría de los cálculos estima que las reservas globales de combustibles fósiles aún podrían alimentar el consumo actual durante aprox. 50 años más. El problema es que la extracción de gran parte de esas supuestas reservas no es rentable, por resultar demasiado costosa frente al precio promedio que veníamos pagando por barril a lo largo de las últimas décadas (<70 dólares). Sólo a partir de los 150 $/barril resulta razonable plantear la extracción rentable de todas esas reservas. Vladimir lo sabe: por debajo de los 100$/barril la fecha de “agotamiento técnico” de los recursos disponibles se aproxima alarmantemente. ¿Y las renovables? Aún están muy lejos de resolver el problema: según la Agencia Internacional de la Energía, estas apenas contribuyeron a un tercio de toda la energía consumida en el año 2020. La transición energética va a inflaccionar nuestra factura eléctrica durante décadas hasta convertirse en una realidad.

Uno de los mejores atardeceres de España se disfruta desde las playas de Huelva. También desde allí, suspendidos en el horizonte, se adivinan, en la canícula, las siluetas de los petroleros esperando entrar a puerto para descargar en la refinería de La Rábida. Una civilización se define por su modelo de vida y este, a su vez, por el modelo energético que lo mantiene. Pase lo que pase en Ucrania, el sistema energético global ya ha cambiado con esta guerra y, también (aunque nos neguemos a creerlo), nuestra forma de producir y consumir energía. Es decir, nuestra forma de vida y la manera en que nos relacionamos con el planeta y sus recursos no volverán a ser los que eran.


Julio Ceballos Rodríguez

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