Honk Kong, un país dos sistemas

16/12/2019

 

Nos llegan abundantes informaciones y opiniones durante los últimos seis meses sobre el “conflicto” en Hong Kong, un territorio en el que he vivido, visitado y trabajado en sucesivas estancias, tanto en su época colonial, como en su época reciente. Me gustaría aportar mi visión del conflicto, contextualizada histórica y políticamente.

 

   Hong Kong fue colonia del Reino Unido desde mediados del XIX, por ocupación del Imperio Británico, gracias a las guerras del opio, hasta 1997. En realidad, colonia fue sólo una parte pequeña del territorio actual de Honk Kong, poco más de la isla de su nombre, y la península de Kowloon, pues el resto, (87% del territorio), los llamados “Nuevos Territorio· fue terreno “cedido” por el Imperio Chino al Imperio Británico, mediante un contrato de arrendamiento hasta 1997, fecha en la que China reclamó la conclusión del contrato y la recuperación de la soberanía del conjunto del territorio. La Primera Ministra Sra. Thatcher se negó a reconocerla, pero tuvo que aceptar la realidad legal y la inviabilidad de cualquier continuación de la situación colonial con la oposición de Pekin.

 

    Desde esa fecha, y por acuerdo entre las partes, ha prevalecido el principio de “un país, dos sistemas”, término acuñado por Deng Xiaoping, reconociendo, por una parte, la soberanía plena de China y de su gobierno central, y, por otra, una amplia autonomía del gobierno local de Hong Kong con instituciones propias, en una convivencia bipolar regulada, en el marco de la Constitución y soberanía china.

 

    El Hong Kong colonial, regido por un gobernador con amplios poderes, nombrado por el Gobierno británico, y una Administración muy dependiente de la metrópolis, no se regía por una democracia liberal, aunque en lo últimos decenios se fue relajando la situación de súbditos coloniales de la población china del territorio, la inmensa mayoría, con ampliaciones progresivas de libertad.

 

   Con la descolonización, la Región Administrativa Especial se fue dotando de instituciones, leyes, partidos políticos, oposición organizada y elecciones parciales; surgieron empresas, bancos y entidades con participación china continental, junto a otras heredadas de la época colonial con peso propio, y emergió una sociedad civil de perfil propio, combinando, no sin contradicciones, tensiones y fracciones con el Gobierno central.

 

    La tensión más fuerte y más larga surgió hace ya seis meses por la oposición a una ley del gobierno autónomo que, para la oposición, recortaba sus competencias; oposición que se ha venido expresando en manifestaciones multitudinarias continuadas, que ha degenerado en episodios de violencia, en casos extrema y hasta vandálica, coordinados por grupos de encapuchados, muy organizados, de oscura identificación, junto a manifestaciones pro gubernamentales de menor entidad; una  oposición al gobierno autónomo y a su presidenta, más allá del  proyecto de ley, ya  suspendido, mezclada con oposición al gobierno central; manifestaciones, con participación de decenas de miles o centenares, según las fuentes; no  constan datos más precisos  de los manifestantes progubernamentales que algunos analistas califican de mayoría silenciosa.

 

     Es, pues, un conflicto político regional, que no afecta por igual a los siete millones de ciudadanos de Hong Kong, entre los que se mueven diversos partidos políticos y diversas entidades civiles, con posiciones muy diferenciadas y encontradas, desde la progubernamental a la separatista. Las elecciones municipales recientemente celebradas reflejan esa división profunda de la sociedad con un 59% que se sitúa en la oposición y un 41% a favor de la política seguida por el gobierno autónomo; pero, evidentemente, han sido elecciones municipales, no fácilmente difícilmente extrapolables al ámbito regional. Un conflicto que expresa la tensión del principio “un país dos sistemas”, objetivo fundacional para un territorio políticamente complejo, pequeño en su dimensión territorial y poblacional, pero simbólico por su peso comercial y financiero, y por su sentido de paradigma para otros territorios como Taiwán. Para la oposición la represión de algunas manifestaciones extremas ha sido desproporcionada, para el gobierno regional no ha sido más que el cumplimiento de su responsabilidad de mantener el orden, en momentos gravemente lesionado en perjuicio de la mayoría.

 

     El gobierno central ha intentado actuar con prudencia, respaldando lógicamente al gobierno regional hacia la resolución del conflicto, rechazando toda injerencia extranjera, que parece asomarse en determinados grupos violentos opositores y, muy claramente, en las declaraciones del Sr. Trump pretendiendo imponer desde fuera la solución. Entre la inmensa población china continental y su meteórica mejora del nivel de vida se mira con mucho recelo a estos manifestantes, a los que ve como altamente privilegiados, gracias a las ventajas comerciales y financieras que le otorga la situación geográfica y política de este enclave territorial en comparación en comparación con el resto del territorio chino. Cabe esperar una solución pactada que, superadas las tensiones, fortalezca hacia el futuro, y como paradigma, la realidad de un país dos sistemas.

 

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