明修栈道,暗度陈仓 — Aparecer reparando las tablas del camino, mientras se accede sigiloso a Chencang



Contexto bélico del famoso adagio chino


Mingxiu zhandao, andu Chencang (明修棧道,暗度陳倉). Esta frase de la sabiduría popular china, acuñada como tal en un escrito de la dinastía Yuan en torno al siglo XIII d. C., alude a un fabuloso episodio de la antigüedad tres siglos antes de nuestra era. Se trata de algo ocurrido en un tiempo de inestabilidad política poco después de la muerte del gran emperador Qin Shihuang el 210 a. C. Acceder a esta historia y a su contexto, tiene la virtualidad de pavimentar un camino para el diálogo cultural con Oriente.

El emperador inaugural había logrado poner bajo su autoridad en el corto espacio de dos décadas los seis reinos combatientes al norte del Yangtsé y aún los cien pueblos yue del Sur hasta donde comienzan los mares. Sin embargo, al faltar este símbolo personalísimo de la autoridad celeste que fue el hombre Ying Zheng, el poder Qin decayó como lo hacen los mortales.

El primer signo de debilitamiento vino marcado por el éxito relativo y fugaz del alzamiento popular liderado por Chen Sheng y Wu Guang entre otoño del 209 y primavera de 208. La aventura duró hasta que el terrible general Zhang Han tomó cartas en el asunto. Estos dos hombres de armas levantados provenían del pueblo llano y tenían categoría de pequeños líderes de tropa. Eran oriundos de las zonas centrales de China, en la actual Henan. Habían sido enviados a acantonarse a mil kilómetros de distancia de sus hogares, a las zonas de lo que hoy es la sierra norte de Beijing, cerca del adorable pueblo de Miyun, no lejos de los márgenes septentrionales de la Gran Muralla. En el trayecto se rebelaron contra su destino bajo la consigna “¿acaso son los reyes, nobles, generales y principales de otra pasta?” (王侯將相,寧有種乎). Se deshicieron de sus intendentes en aquel lance y convencieron a los soldados que les circundaban, no sin antes haber preparado el terreno echando mano de un adivino que les explicó cómo hacer los sortilegios convincentes: debían meter un trozo de tela con las palabras “Chen Sheng rey” en el vientre del pescado recién capturado que los soldados iban luego a cocinar. Esto sería complementado con otras sugestiones. Los soldados creían en los espíritus y quedaron impresionados; se figuraron tal vez que Chen Sheng y Wu Guang eran el príncipe Ying Fusu y el paladín Xiang Yan redivivos que venían a buscar venganza frente a los desmanes –recientes y antiguos- de la corte Qin. Por lo demás, según cuentan las Memorias históricas, parece que lo que realmente convenció a la itinerante guarnición fueron las usuales apelaciones a la gloria de hacerse con un nombre en este siglo, a restaurar el gran reino de Chu, a que en cualquier caso tenían grandes probabilidades de morir sin pena ni gloria en su destino original en la peligrosa frontera… Se hicieron fuertes en la villa de Dazexiang y de ahí ya siguieron su avanzada recolectando fidelidades en marcha hacia Xianyang, la capital Qin, hasta que Zhang Han paró definitivamente los pies de la rebelión en la batalla de Dingtao. El último insurrecto en ser detenido y aniquilado fue Xiang Liang, el hijo del general Xiang Yan, que esta vez parecía requetemuerto, fallecidos ya el usurpador de su espíritu y el continuador de su linaje.

Con todo, la revuelta mostró que la resucitación de un gran reino capaz de enfrentar al emperador Qin era posible, tanto más cuanto que la dinastía parecía estar acusando el desgaste de las propias intrigas internas asociadas a la sucesión en el poder. De hecho, en verano del 208 a. C., un par de meses antes de morir en Dingtao, Xiang Liang había nombrado a un nieto del antiguo y querido rey de Chu nuevo monarca del restaurado reino. Fue la ocasión que aprovechó el comandante Xiang Yu, que era nieto del paladín Xiang Yan y sobrino de Xiang Liang, para aspirar a derrocar a los Qin. Portando la conciencia insurgente del subyugado reino de Chu, mas surgiendo desde las regiones al sur del Yangtsé donde anteriormente los reinos de Wu y Yue habían florecido, Xiang Yu hizo retroceder por fin a los ejércitos de Zhang Han en la región del reino de Zhao, al norte del río Amarillo. Al cruzar la última gran corriente, que eran las aguas del Zhang, hizo de ellas un Rubicón dando la orden en pleno invierno de “quebrar los calderos y hundir las naves” (破釜沉舟, pofu chenzhou). Con este mandato –que es desde antiguo una frase esencial del acervo popular chino-, la ambición de Xiang Yu fue más lejos de la que luego tendría el propio Hernán Cortés, pues, desde ese momento, sus ejércitos sabían, no solo que no tenían retirada a sus regiones de origen si no vencían, sino que no podrían subsistir más de tres días con el alimento que llevaban, por lo que habían de arrebatarle el suyo al oponente. Antes de cruzar el simbólico río, Xiang Yu se había quitado de en medio al general Song Yi, al que él estaba subordinado, porque éste prefería esperar a que las huestes del reino de Zhao debilitasen a Zhang Han para solo entonces plantarle cara. Xiang Yu mostró su desaprobación a Song Yi de forma más que elocuente cortándole la cabeza. Blandiéndola frente a la soldadesca patidifusa, inventó que aquel era un traidor, razón por la cual el rey de Chu, secretamente, le había encomendado aniquilarlo. Según parece, lo que el monarca había lanzado era una suerte de concurso militar entre sus generales dispersos de modo que el primero que subyugase la región de Guanzhong –esto es, de la vasta región en torno a Xianyang, capital de Qin- podría ser su rey. Ya no importaba, en cualquier caso, qué hubiese dicho el rey de Chu, porque lo que quedaba claro es que Xiang Yu era ahora el macho alfa y tenía prisa. Sin más señor que aquel caudillo temible, los soldados obedecerían y lograrían su objetivo en la batalla de Julu. Ahí comenzó Xiang Yu, el hombre de “ojos de dos pupilas”, a granjearse temerosos seguidores más allá de las fronteras de Chu.

Zhang Han se vio obligado a replegarse hacia el sur y, arrinconado por los ejércitos de Xiang Yu contra la barrera acuática del río Zhang, sufrió otra derrota parcial en torno a agosto del año 207 a. C., poco antes de rendirse. Quizá hubiese logrado dar batalla, si en la corte Qin el primer ministro Zhao Gao, como regente de facto, no le hubiese denegado los refuerzos que pidió en primavera. Este Zhao Gao es uno de los grandes conspiradores de la historia china: inicialmente fue jefe de carruajes del propio emperador Qin Shihuang; nada más morir éste en verano de 210, se deshizo del príncipe heredero Fusu y, ya desde su nueva dignidad estatal, se las ingenió para alzar inmediatamente a Ying Huhai –que solo era el décimo octavo hijo varón- como segundo emperador Qin. Los diecisiete herederos que le antecedían fueron eliminados junto a las hermanas como parte de la conspiración. El propio Zhao Gao fue constituido primer ministro y tres años después liquidó también a Qin II cuando éste solo contaba veintitrés. El joven emperador vivía aún cuando la batalla de Julu, pero, según parece, se dejaba influenciar claramente por el primer ministro, que le indujo a desoír la petición de ayuda de Zhang Han. El propio general, viéndose desamparado por parte de la autoridad Qin e intuyendo que Zhao Gao querría deshacerse de él, optó por claudicar como está dicho. La desgracia tanto intestina como exterior se cebó con el reino de Qin en esos meses hasta rematarlo, porque, según las crónicas, Xiang Yu, que continuaba dirigiéndose hacia la capital Qin plagado de rehenes, decidió hacia el final de 207 exterminar por sorpresa en una noche a los más de doscientos mil hombres de armas de Zhang Han, para que “no desobedeciesen” al llegar a sus regiones. Esto sucedió en una ciudad llamada entonces Xin’an (新安), literalmente, nueva tranquilidad, que fue la que encontraron por razones diversas víctimas y verdugos. Las crónicas refieren lacónicamente que los enterró vivos. Quizá fueron yaciendo medio muertos encima de una pila de estertores al fondo de algún derrumbe. Aunque los historiadores dudan de la magnitud de la matanza, lo cierto es que durante la construcción de la línea férrea Longhai en 1912 se hallaron ingentes masas de huesos humanos a las afueras de la ciudad de Yima, en la llamada fosa de Chu. Xiang Yu decidió no acabar ahí con la vida del general Zhang Han y de otros dos mandos Qin contemplando que pudiesen ser vasallos suyos en los territorios que habían de ser pronto ocupados y subdivididos.

Sin embargo, cuál no sería la sorpresa del terrible caudillo de Chu cuando al llegar poco después al paso de Hangu, que a la vera del río Amarillo marcaba simbólicamente la entrada en los históricos dominios de Qin, se lo encontró cerrado. Ahí se enteró de que otro general se le había adelantado y había tomado Xianyang derrocando definitivamente a la dinastía imperial… o lo que quedaba de ella después de las sádicas intrigas de Zhao Gao. El general Chu que sometió la capital Qin era Liu Bang, conocido en las fuentes como duque de Pei, protagonista del dicho sobre Chencang que se trata de contextualizar aquí. Había entrado en Qin a través del paso de Wu y derrotado a las milicias locales en el campo del Añil, ya en las inmediaciones de la urbe. Cuando entró por las puertas de la ciudad rendida a mediados de noviembre de 207, el nuevo repuesto imperial colocado por Zhao Gao solo llevaba cuarenta y seis días reinando; según algunas crónicas, a Ying Ziying –nombre completo de Qin III- no le había dado tiempo más que de apañárselas para mandar ejecutar a su primer ministro. Como se ve, Zhao Gao, que era eunuco, había ido rebanando la consistencia de la corte Qin, retribuyendo así en existencial armonía, tal vez de forma inconsciente, al sistema que le condenó a vivir castrado. Al final, corte y eunuco se destruyeron mutuamente. Nunca se logra disponer de alguien leal por medio de tajarle lo que le puede hacer fecundo, pretendiendo ahorrarse problemas gonádicos.

Por lo demás, al rey Qin solo le quedó sacar la bandera blanca, cosa que hizo en el sentido literal de la expresión para reforzar el contraste con el color negro que aquel reino empleaba como símbolo en sus estandartes y decoraciones. Uno de los consejeros de Liu Bang le animó a hacer efectiva de forma contundente la recompensa publicitada por el rey de Chu y, para eso, cerrar el paso de Hangu, por el que habían de llegar los ejércitos amigos. El exitoso duque de Pei dio pábulo a la seducción y puso una guardia fronteriza, pero por lo demás, advertido por algunos de sus leales, actuó con templanza: hizo inventario de bienes y personas en Xianyang, mas no se apoltronó en la ciudad, ni dejó a sus tropas darse al saqueo a voluntad. Tampoco acabó con el mandatario de la casa deQin; todo apunta a que, en su aspiración a tornarse rey de las planicies de Guanzhong, concebía contar con el emperador destronado como canciller del nuevo reino. Entre tanto, las fuerzas de Xiang Yu doblegaron las barreras de Hangu y se plantaron a veinte kilómetros de donde Liu Bang había puesto su campamento junto al río Ba, a cierta distancia de Xianyang, algo al sureste. Aquella había sido la zona de la última batalla contra las huestes de Qin para el duque de Pei y podría ser ahora la definitiva antes de ser sepultado, pues solo le asistían una cuarta parte de los soldados que acompañaban a Xiang Yu. Quizá pensaba desde aquel enclave poder escapar hacia las montañas a su espalda por un paso cercano que luego se dio en llamar la senda del valle del rodeo. En cualquier caso, consciente de su inferioridad castrense, deseó ser percibido como coadyuvador al derrocamiento de los Qin más que como competidor en la ambición de crear un nuevo reino.

Quizá presa del pánico o la envidia, uno de sus mariscales llamado Cao Wushang, envió por su cuenta y riesgo a un lacayo de campamento a campamento a transmitirle a Xiang Yu que el adelantado se habría hecho con el tesoro de los Qin en su plan de establecerse como rey en la zona, contando con el concurso de la anterior casa real en su gobierno. La cosa no estaba clara porque era evidente que el duque de Pei, acampado como estaba junto a sus milicias a más de una ardua jornada de marcha desde Xianyang, no estaba fruyendo del botín dorado y carnal de los Qin. Sin embargo, el consejero Fan Zeng convenció a Xiang Yu de que debía aniquilar a Liu Bang, porque sus agoreros habían escrutado las nubes que se cernían sobre el duque de Pei y comprobado que en ellas se manifestaban las formas del dragón y del tigre plasmadas en los cinco colores puros del universo, sin duda, un presagio de su potencial para llegar a ser “hijo del Cielo”. En esa jornada se decidió que, a la mañana siguiente, los guerreros de Xiang Yu se saciarían con los despojos de Liu Bang y sus huestes.

Donde una pasión humana estaba precipitando una catástrofe, ofreció otra pasión un camino para evitar la sangrienta confrontación fratricida: Xiang Bo, tío paterno de Xiang Yu que, además, era uno de sus intendentes, era íntimo de Zhang Liang, uno de los nobles que acompañaba a Liu Bang. En el viejo Xiang había un sentimiento de amistad más fuerte que las órdenes de batalla. Cabalgó de noche hasta el campamento donde se encontraba su amigo y, en secreto, le propuso huir junto a él escapando de una muerte absurda. Zhang Liang contestó a Xiang Bo que en conciencia debía avisar a Liu Bang. Cuando el duque de Pei supo de la devastación inminente que le amenazaba, confesó a Zhang Liang su funesta ambición y, desesperado, se atrevió a desahogarse con su interlocutor: “且为之奈何?” (qie weizhi naihe?, ¿y ahora qué?). Convidado a ser parte de la solución con esa sencilla pregunta portadora de esperanza, Zhang le pidió permiso para informar a Xiang Bo de que el duque de Pei no osaría oponerse a Xiang Yu. Al enterarse de que el tío del caudillo estaba por allí, Liu Bang quiso parlamentar con él: aseguró al viejo que había aguardado la venida de las otras tropas de Chu, sin atreverse a presentarles batalla ni proceder contra lo que era ético. Xiang Bo era de la opinión de que solo las excusas directamente presentadas por Liu Bang ante Xiang Yu podrían evitar la desgracia. El duque de Pei aceptó ir él mismo al día siguiente a arreglar el malentendido, y por lo pronto arregló con Xiang Bo el matrimonio de los hijos de ambos, como muestra inequívoca de que se querían bien. Era un mundo en el que se tajaban pescuezos con facilidad, pero difícilmente se osaba levantar la cerviz contra la autoridad parental. Tras estas conversaciones nocturnas, aquel veterano cabalgó en la madrugada de vuelta a su campamento para persuadir a Xiang Yu de que no sería justo dejar de reconocer a Liu Bang su ayuda en la conquista de Qin y congraciarse con él. El sobrino no se atrevió a desairar al tío. Virtudes graciosas y humildes comenzaron a abrirse paso en aquel cenagal de soberbia perdición.



Aprender a danzar para dominar Tianxia


Así pues, a comienzos de 206, Liu Bang y Xiang Yu se vieron las caras en Hongmen, lit. la puerta de los cisnes salvajes, en el extrarradio de Xianyang. Allí lograron metabolizar su malestar moral escurriéndolo sobre el mariscal Cao Wushang. Sin embargo, la anticipación de Liu Bang en cosa tan señalada como rendir la corte de un imperio, hacía de aquel compatriota alguien demasiado incómodo y no todo eran voces de confraternización en el campamento. Sea como fuera, el rito obligaba. Cuando las sombras se alargaban celebraron un famoso banquete, mezcla de ágape y conjura, donde Liu Bang estuvo en trance de muerte. El mismo consejero que había comunicado con los videntes de nubes acordó con Xiang Yu el modo de quitarle la vida: la señal de ataque sería levantarse tres veces el pendiente de jade. Sin embargo, Xiang Yu, que estaba sentado junto a su tío Xiang Bo, no reaccionó ante la seña. Por eso, Fan Zeng salió y fue a buscar a Xiang Zhuang, primo menor del comandante supremo y sobrino de Xiang Bo, para persuadirle de que no dejase salir de allí al inquietante comensal con vida: habría de entrar para brindar ante todos y llevar a cabo a continuación como muestra de cortesía y divertimento una danza de la espada, aquella tradición de la cultura Chu evocadora de los valores marciales; en el momento oportuno, hundiría el acero en el advenedizo. El astuto Fan Zeng debió maquinar que así las afrentas quedarían en familia y sería más difícil que hubiese represalias. Comenzó aquel folklore desfachatado de sombras huidizas, párpados pesados, filos resplandecientes y gaznates moles. De pronto, un danzarín inesperado se sumó a la escena. El propio Xiang Bo agarró también su espada y se unió al baile del sobrino. Cada vez que Xiang Zhuang se acercaba peligroso a Liu Bang, el viejo se interponía artísticamente entre ambos cuerpos. En aquel festín servido por hipócritas con salsas de fullería, no todos fueron convidados de piedra, y el futuro emperador Han salvó la vida. Escapó de aquel lance yendo al excusado y se excusó de su escapada a través de Zhang Liang que dio la cara ante el perplejo de Xiang Yu. Al llegar a su campamento, Liu Bang condenó en seguida al mariscal Cao a la pena capital como quien se administra un antiácido para digerir el exceso de tensión que había sufrido en las horas pasadas. La gran dinastía Han se integraría así en sus orígenes en la serie ininterrumpida de bastiones humanos marcados en alguna medida por el mecanismo cruento de la expiación que identifica cabezas de turco para conjurar sus miedos.

Pretendiendo deshacerse de los propios, Xiang Yu entró poco después en Xianyang y ejecutó al rey Qin junto a toda su casa. A partir de ahí empezó a desplegar un programa político acorde con su ambición. Haciendo gala de una peculiar filosofía meritocrática, debía estar persuadido de que todas las cosas empiezan de cero, porque redujo a cenizas el palacio real. Se había acreditado como un efectivo destructor de la autoridad ajena, pero ahora se enfrentaba a la inextricable tarea de construir la propia. Había, sin embargo, dos figuras que le perturbaban: el rey de Chu y Liu Bang. El primero, llamado Xiong Xin, había sido elegido dos años antes, como está dicho, simbolizando la restauración de Chu; los estrategas del reino vieron en este miembro de la añorada casa real a alguien capaz de unificar los corazones del pueblo y de los nobles de cara a combatir contra Qin, como en efecto había ocurrido. Sin embargo, Xiong Xin había expresado claramente que el puesto de rey de Guanzhong estaba reservado para el que primero “apaciguase” el territorio. Él mismo debía preferir a Liu Bang para ocupar esta posición y, por eso, le habría enviado más directamente junto a sus tropas hacia la capital Qin. Por otra parte, Xiang Yu no debía dejar de sentir un cierto ascendiente sobre el rey Chu en virtud de la propia ascendencia, por era su tío Xiang Liang quien había elevado a Xiong Xin a la dignidad real. Obsesionado por la contundencia de la acción, el caudillo no era capaz de percibir la importancia simbólica que el rey de Chu había tenido en la formación del proyecto de conquista. Además, no quería quedarse en el oeste de China, porque sería como “llevar galas mientras se pasea a oscuras”, sino que deseaba volver a las regiones de Chu donde poder ser admirado como soberano en función de los méritos de sus gestas bélicas.


Mapa que representa la situación en China


Llegado el Nuevo Año lunar de 206 a. C., Xiang Yu se autoproclamó “rey supremo” (霸王) de un territorio que llamó Chu Occidental, con capital en Pengcheng –actual Xuzhou, en el norte de la provincia de Jiangsu-, pero a la vez se puso a gestionar todo lo que hay bajo el cielo (天下, tian xia) en conexión con el cosmopolitismo que el emperador Qin había inaugurado. En concreto, se trataba de la geografía de los reinos constreñidos en el pasillo natural comprendido entre los cauces del Yangtsé y del río Amarillo, incluyendo la vega que se proyecta hacia el océano Pacífico al sur del largo río, así como las zonas más civilizadas al norte del ocre cauce hasta el mar de Bohai que ya mira hacia Corea. En realidad, más allá de la obsesión conquistadora de Qin Shihuang, para cualquier reinante cuyas gestas pudiesen ser registradas en caracteres chinos, lo evidentemente valioso eran las tierras bajas, llanas y fértiles como las que hay fundamentalmente en el territorio descrito, en contraste con el sur de la actual China continental que está mucho más plagado de colinas.

Al nuevo soberano le interesaba contar con vasallos fuertes capaces de dominar sus vastísimos territorios, para lo cual escogió sobre todo a los generales y asistentes que le habían acompañado en su movimiento de reconquista y derrocamiento de los Qin. Sin embargo, si él ascendía a la categoría de rey con epíteto, el monarca de Chu debía de sufrir también alguna mudanza de nomenclatura, por eso, a él o a alguien de su camarilla se le ocurrió renombrar a aquél como “justo emperador Chu” (楚义帝, Chu Yidi). Fue como preparar para sí mismo una dignidad de heredamiento inminente y para Xiong Xin un sarcófago con ribetes bien sonantes. Ese mismo 206, después de haber sido enviado al destierro al sur del Yangtsé, aquel emperador etéreo sería asesinado por Ying Bu, el hombre de rostro marcado, que seguía órdenes de quien ya se sabe. Por estas y otras razones, Xiang Yu ha sido caracterizado en el arte escénico chino como el tirano por excelencia, representando con esa famosa máscara blanca y negra de ojos tristes de la ópera de Beijing al hombre déspota y contradictorio, envenenado por su propia ambición, incapaz de consolidar sus lealtades.

El segundo perturbador de la nueva tranquilidad a la que Xiang Yu aspiraba era Liu Bang, alguien que no le iba a la zaga en autoestima y que estaba destinado a una gloria secular gracias a su capacidad para saber esperar, hacer crecer a otros y forjar alianzas. Todas las medidas de control feudal tomadas por el rey supremo no lograron apaciguar sus suspicacias hacia alguien como el estratega de Pei, para quien Xiang Yu nunca sería más que un militar del reino de Chu que se había arrogado una dignidad espuria; especialmente, era aquel duque memoria viva de que el nuevo mandamás estaba manipulando a su antojo la autoridad del rey legítimo de Chu. A pesar de que el caudillo no quería quedarse en Guanzhong, sentiría que la vasta región en torno a Xianyang guardaba demasiada relación con la memoria del poder reciente como para encomendársela al duque de Pei. Con su autoridad, puso en pie una versión más del divide et impera, tratando de capitalizar la eficacia cinegética y política de ese universal inmarcesible y literalmente diabólico que acompaña al homo sapiens desde la prehistoria: Guanzhong fue subdivida en tres partes y encomendada a Zhang Han y a los otros dos antiguos generales Qin, por lo que pasó a llamarse a llamarse “los tres Qin”. Eran territorios que se desplegaban a ambos lados del eje descrito por el curso amable del río Wei, principal afluente del río Amarillo. El Qin más occidental era el reino de Yong. A Zhang Han se le puso al mando de esa región. Aunque la corte de Yong se ubicó en Feiqiu, cerca de la que había sido primera capital de la gran China unificada, el general estaría basado en la plaza limítrofe de Chencang, a ciento treinta kilómetros al oeste de las llamas que devoraban Xianyang.

A Liu Bang se le asignaron fundamentalmente las jurisdicciones de Hanzhong, Ba y Shu. La primera lindaba con Guanzhong por el sur, en lo que hoy es el sur de Shaanxi, pero ambas regiones solo estaban comunicadas a través de pasos escarpados. Hanzhong estaba transversalmente regada por el río Han y contaba con la ciudad de Nanzheng como capital. Algo más al mediodía comenzaban los territorios Ba y Shu, ocupando partes de las actuales Chongqing y Sichuan respectivamente, zonas con pocas vegas extensas y mucha colina despreciadas por los terratenientes de la antigüedad –si bien, en esto, Chengdu y sus inmediaciones eran la excepción que confirma la regla. El rey supremo deportó a buenas porciones de población Qin a aquellas dos vastas regiones, de forma que Liu Bang –establecido en Hanzhong- hiciese de colchón defensivo ante eventuales revueltas motivadas por el afán de restaurar las glorias de Xianyang. Nada había que dejar a la bashuística. Evidentemente, Liu Bang, que recibió el título de rey de Han, se sintió desposeído de algo para lo que había hecho méritos como era reinar sobre Guanzhong, pero él y sus consejeros tuvieron la lucidez de no forzar la situación ante el rey supremo en una posición desventajosa. Hanzhong era como una jaula entre montañas, pero no dejaba de poseer el valor estratégico de quedar cerca de Guanzhong, por eso optó por recibir aquel galardón de agria consolación que los arreglos de Zhang Liang y Xiang Bo le lograron granjear. En mayo de 206, él y sus tropas leales se retiraron hacia Hanzhong cruzando la cordillera Qinling por la senda principal, tras lo cual calcinaron las estructuras de madera que permitían el paso por algunas zonas montañosas de difícil tránsito. De manera voluntaria, prácticamente aislaron sus nuevas posesiones de las planicies de Guanzhong, salvo por un apéndice al oeste. Informados Xiang Yu y sus fiduciarios de que aquellas infraestructuras habían ardido, relajaron el nivel de vigilancia del peligro que podía venir del sur de forma más o menos directa hasta Xianyang. Más al oeste existía aún un camino sinuoso que, surcando las crestas de Qin, entraba en la vega del Wei casi frente a Chencang, pero estaría custodiado por el fiero rey de Yong...



El patrimonio inmaterial de los caminos de Shu


En toda esta parte occidental de la antigua China existía una red de rutas que hoy día se conserva parcialmente constituyendo un patrimonio cultural de primera categoría. Los pasos de tablas y talladas rocas habían sido construidos fundamentalmente con propósitos militares y administrativos. Conectaban, primero, la región de Guanzhong y Hanzhong a través de las montañas de Qinling y, luego, el valle de Hanzhong con Ba y Shu volviendo a salvar la línea de montañas de Daba y Micang. El más célebre de estos caminos es conocido como Shudao (蜀道), el camino que atraviesa Shu. En un sentido estricto discurría por la actual provincia de Sichuan hasta los lindes con la provincia de Shaanxi, más en concreto, desde aproximadamente Chengdu hasta el paso montañoso de Qipan. Sin embargo, en un sentido más amplio, si se adopta precisamente la perspectiva de las antiguas potencias norteñas que tuvieron interés en desarrollarlo, puede considerarse que el camino de Shu se prolonga a lo largo de más de seiscientos kilómetros, salvando dos cadenas paralelas montañas hasta la actual capital de los pandas. Si además se cuenta con que hay varios ramales que conectan los valles del Wei y del Han atravesando la sierra de Qin por diferentes pasos estratégicos, es posible hallar vestigios del camino de Shu a lo largo de más de mil kilómetros de senda. De él, casi un milenio después de las gestas que aquí se narran, escribió el poeta Li Bai en el siglo VIII d. C.:


“¡Ay, ay, ay, en la lengua de Shu!

¡Vaya peligro! ¡Cuánta altitud!

Duro es andar la senda de Shu

más que la celeste plenitud”.


Desde la zona de Xianyang se retiró Liu Bang hacia Hanzhong por el principal ramal oriental del camino de Shu, hoy conocido como senda de Ziwu, es decir, del meridiano. Con ese nombre quiso conmemorar una oda del siglo II d. C. grabada sobre piedra en esas montañas horadadas que el entonces rey de Han, conforme a un mandato mordaz, se encaminó de norte a sur adentrándose por unos collados para pronto surgir por las angosturas preparado para hacerse fundador del imperio del mismo nombre. En el antiguo sistema astronómico chino de los doce ramos posicionales que servía entre otras cosas para dividir el día en porciones conforme a las sombras que el gnomon proyecta sobre la tierra, el septentrión era consignado como zi (子) y equiparado al punto en que a la media noche nuestra estrella se encontraba en su nadir. Por otra parte, el espacio del mediodía se codificaba como wu (午) en las dos horas en torno al cénit, con acimut llano. Designar algo como ziwu era, pues, describir su orientación al sur como quien echa mano de un reloj de sol a modo de rosa de los vientos.

El camino del meridiano fue, ciertamente, un tramo cuyos entablamentos las mesnadas de Liu Bang quemaron ignorantes del futuro. Aunque cabe deducir de las fuentes que no solo ese. Según el Libro de Han, Zhang Liang, que había escoltado en su tránsito por el macizo de Qin al nuevo rey de Han hasta el lugar donde habría de dar contenido a dicho título, acordó con éste aplicar también una oxigenación incandescente a los pasos de la senda por la que estaba a punto de regresar. Es que el general Zhang había de volver junto a su señor –al que ya prestaba vasallaje antes de entrar en campaña- para acompañarle en su retorno al reino de Handi. Evidentemente, se trataba de un ramal alternativo al ya impracticable de Ziwu por el que había venido, a saber, la senda de Baoxie que ofrecía por el norte una salida natural a las crestas de Qin a través del paso del valle empinado, unos cincuenta kilómetros al este de la senda vieja. Al llegar a la cuenca del Wei, Zhang Liang haría llegar a los oídos del rey supremo que todos los accesos a Hanzhong habían caído pasto de las llamas.

Solo puede acrecentarse la valía intangible de un patrimonio que se arrasa tangiblemente, si se tiene valor para recrearlo, y he aquí que el rey de Han y sus valientes lo tenían. No obstante, bastantes de los soldados enviados a Hanzhong desertaban en esos primeros tiempos. Una vez pacificada la región, añoraban sus provincias orientales e iban desapareciendo en busca de una vida sosegada junto a sus deudos. Uno de esos milicianos derivados a las cuencas del río Han era Han Xin, un militar decepcionado de Xiang Yu que se había acogido a la protección de Liu Bang y desde entonces era parte de sus tropas. Se le asignó un puesto humilde como administrador de los abastecimientos. Como narran las Memorias históricas, un día se le juzgó junto a otros doce hombres en un consejo de guerra; colmado de desabrimiento como se sentía, quizá había querido escapar él mismo en dirección al hogar con algunos víveres. Cuando estaba para ser decapitado con el cogote en manos del verdugo, levantó la vista y le espetó a voces a uno de los oficiales de la región de Pei que instruían y supervisaban la causa: “¿No querían los de arriba gobernar todo lo que está bajo el cielo? ¡Y, sin embargo, lo que hacen es degollar a sus valerosos caballeros!”. El oficial quedó impresionado por el genio de índole sagaz de Han Xin y no le ejecutó. Poco después, aquel desengañado se ganó el respeto de dicho oficial y de otros del círculo próximo al rey de Han. Tenía lucidez para poner el dedo en la llaga sin apretar en exceso, presentando ante aquellos próceres ociosos lo grotesco de su situación: estaban lejos de las gentes de sus afectos, confinados arbitrariamente en tierra extraña, permitiendo que su frustración existencial se volviese contra los prójimos. Han Xin parecía no tener nada que perder y hablaba con parresia. Le recomendaron vivamente a Liu Bang. Como el tedio pasaba en aquel limbo de fulanos, el rey de Han no pudo retener a quien seguía deseando regresar a sus orientes, más que ofreciéndole tener autoridad en un proyecto ambicioso de volver, sí, a cruzar China, pero p